La Habana.- Al dominicano Sammy Sosa le costó llegar a la cima del béisbol, pero una vez allí rodó tan rápido que los seguidores lo recuerdan más por las trampas que por la gloria alcanzada en lo diamantes.
El ex jardinero derecho de los Cachorros de Chicago era el niño mimado de una generación de peloteros dominicanos, el elegido para superar la barrera de los 700 cuadrangulares, el escogido para entrar en la historia, cuyas puertas él mismo se cerró.
En la segunda mitad de la década anterior su nombre apareció siempre al lado de los más espectaculares jonroneros de las Grandes Ligas y los fanáticos de los Cubs de Chicago disfrutaban hasta el delirio sus conexiones.
Era -fue- uno de ellos y sus hazañas parecían reservarle un sitio entre los inmortales del béisbol, en el templo de Cooperstown.
Después de cada batazo, Sosa se besaba los dedos o se golpeaba el pecho para hacer el delirio de miles de seguidores en Norteamérica y el Caribe.
Cuando Mark McGwire superó en 1998 el récord de jonrones de Roger Maris, Sammy Sosa lo acompañó casi hasta el final del trayecto.
Junto al Big Mark fue el show en los derbys de jonrones previo a los juegos de las estrellas y su salario alcanzó límites insospechados unos años antes.
Fue el primer y único jugador con 60 ó más cuadrangulares en tres campañas y el sobrenombre de El Bambino del Caribe parecía una adaptación para premiar su talento.
Ninguna de las veces que bateó más de seis decenas de vuelacercas lideró la Liga Nacional, porque en 1998 y 1999 escoltó a McGwire y en 2001 a Barry Bond, pero a los aficionados poco le importaba: Sammy era su ídolo.
Detrás habían quedado los años de pobreza en su Quisqueya natal, en la cual tuvo hasta que limpiar zapatos para ayudar a su familia. Todo iba por buen rumbo, pero un bate relleno con corcho y la palabra esteroides arruinaron su carrera.
Sosa le pegó mal a una pelota un día, su bate se quebró y los peloteros y los aficionados se dieron cuenta de que no era tan limpio como pensaban: el implemento estaba relleno de corcho.
El recio toletero pidió perdón, se inventó mil disculpas y advirtió que ese tipo de bate, habitual en las prácticas, lo había tomado por equivocación.
Algunos le creyeron, pero llegaron los primeros casos de uso de esteroides y las dudas cayeron sobre Sosa, quien aseguró una vez ante el Congreso de Estados Unidos que era inocente.
Ya Barry Bond y McGwire estaban enlodados y los dirigentes del béisbol no querían que los pesos pesados de las Grandes Ligas siguieran cayendo uno a uno.
Apareció entonces el cubano-americano José Canseco con su libro Juiced y delató a un gran grupo de ellos, entre los cuales figuraba Sosa, pero aún no había nada seguro.
Sosa rompió con los Cubs de Chicago en 2004 y encontrar trabajo no le fue tan fácil, aunque al final, en 2005, se fue a los Orioles de Baltimore, con unos números cada vez más decadentes.
El dominicano se había estrenado en la temporada de 1989, con los Rangers de Texas, el equipo con el cual firmó su primer contrato como profesional en 1985.
En las dos campañas siguientes vistió los colores de los Chicago White Sox, pero nada hacía presagiar que su futuro sería el de un gran jonronero, aunque su swin era violento.
Los Cachorros de Chicago lo adquirieron en 1992 y su producción de cuadrangulares apenas fue de ocho en 67 partidos, pero al año siguiente explotó como bateador de poder y sacó 33 pelotas del parque.
Comenzaba a ilusionar a los seguidores de los Cachorros, quienes vieron en Sosa al único hombre que podía
llevarlos a un título en la llamada Serie Mundial.
Para 1996 la cifra de batazos de vuelta completa ascendió a 40, mientras advertía que lo mejor estaba por venir.
Los siguientes fueron años extraordinarios y ya en 1968 era considerado una de las cinco grandes estrellas del torneo estadounidense al pegar 66 vuelacercas y remolcar 158 carreras.
En 2001, su tercera serie con más de 60 jonrones, elevó la cifra de impulsadas a 160 y los pitchers lo evitaban tanto que le regalaron 116 bases por bolas.
Como asignaturas pendientes parecía tener solo el título y una buena actuación en postemporada, de las cuales disputó tres y se fue con apenas un par de cuadrangulares.
En 2004 su producción bajó tanto y el escándalo del bate de corcho y las sospechas de consumo de esteroides lastraron tanto su imagen que los Cachorros lo dejaron libre y no tuvo otra opción que irse a Baltimore.
La campaña siguiente la pasó sin trabajo, por más que insistía en superar los 600 cuadrangulares y solo en 2007 los Rangers le abrieron las puertas para convertirlo en el primer latino con esos números.
Acopió en esos años decenas de liderazgos y premios, los cuales de poco podrán servirle si se prueba que en 2003, como dijo el diario The New York Times, consumió sustancias prohibidas.
Su nombre aparece ahora al lado de tramposos de la talla de McGwire, Bonds, Alex Rodríguez, Manny Ramírez, Rafael Palmeiro y muchos otros grandes bateadores.
Incluso, puede tener el camino demasiado angosto hacia Cooperstown, a donde pensaba llegar en 2013.



0 comentarios